Praga belleza antigua

Si se llega a Malá Strana a la hora del almuerzo hay que aprovechar para probar el típico gulash de Praga, un estofado de carne con verdura y salsa roja de pimentón. Es un plato recio que se suele regar con una jarra de cerveza, rubia y refrescante, que hace honor a la fama cervecera de la República Checa.

La isla de Kampa, un pequeño parque a orilla del río, es un lugar ideal para descansar un rato. De allí resulta casi natural acercarse al Muro de John Lennon que, cuajado de grafitis, fue un lugar de protesta contra el antiguo régimen comunista. Y a continuación sentarse a saborear un café en la plaza de Malá Strana, en una terraza con vistas a la iglesia de San Nicolás. Este templo barroco constituye uno de los símbolos de la ciudad por su extraordinaria cúpula, el fresco que recubre el techo –como diversión, hay que buscar a un monje escondido tras una columna– y un órgano que tocó el mismo Mozart.

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Tras subir los 200 escalones que llevan a la plaza Hradcanské, se llega al Castillo de Praga, una de las mayores fortalezas de Europa. Alberga varios palacios, además de templos de distintos estilos y la catedral de San Vito, cuyas preciosas vidrieras son obra del pintor modernista Alfons Mucha. El recinto del Castillo contiene también jardines con pabellones, una pinacoteca y el Callejón de Oro, en una de cuyas casitas –la número 22– residió Kafka. Aún queda por ver el monasterio de Strahov, en la colina de Petrin, otra maravilla barroca; su biblioteca posee 3.000 manuscritos de hasta diez siglos de antigüedad. Antes de descender en funicular a Malá Strana, nos deleitamos en la vista de la ciudad llamada «de los cien capiteles».

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A estas alturas del paseo es el momento de dirigirse a un lugar especial, no exento de un pasado trágico. Se trata de Josefov, el barrio judío. No integrado en la ciudad hasta bien entrado el siglo xix, fue en tiempos antiguos gueto y, en repetidas ocasiones, escenario de persecuciones sangrientas y pogromos. Curiosamente, a los nazis se les ocurrió convertirlo en una especie de museo de una raza extinguida, razón por la cual sus seis sinagogas se salvaron de la destrucción.

La sinagoga Vieja-Nueva, de 1270, está considerada como la más antigua de Europa entre las que aún se usan para el culto. Apoca distancia se halla la sinagoga Española, de 1868, la última edificada en la ciudad. Debe el nombre a su estilo morisco, a imitación de la Alhambra. La contemplación de la decoración de sus techos y paredes deja, literalmente, encandilados a los visitantes. Caminando por las angostas calles de Josefov se llega al cementerio judío.

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Existen documentos que prueban que la primera inhumación se llevó a cabo en 1439. Como durante largo tiempo la comunidad hebrea no dispuso de otro sitio donde enterrar a sus muertos, el cementerio se quedó pequeño y en cada tumba se llegaron a apilar hasta diez cuerpos. Las lápidas, la mayoría inclinadas, se extienden en apretado desorden a la sombra de los árboles. En el borde superior de muchas se advierten uno o más guijarros, señal de que el difunto ha tenido visita.

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El cementerio judío, bajo el techo de hojas verdes, es un apacible lugar para la reflexión y el paseo, pero se intuye que ha de alcanzar un grado supremo de belleza en otoño, cuando la fronda muestre sus galas amarillas y rojizas, o en los días blancos del invierno. Es inútil buscar la tumba de Franz Kafka (1883-1924) porque el célebre escritor está enterrado en el Nuevo Cementerio Judío (de 1890), al que se llega en metro. El río Moldava, ancho, tranquilo y surcado por barcos turísticos, separa la ciudad en dos. Lo cruzan varios puentes, pero conviene hacerlo por el de Carlos, que une la Ciudad Vieja con Malá Strana o Ciudad Pequeña. Hasta 16 arcos sustentan sus 516 metros de longitud.

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Una torre en un extremo y dos en el otro lo custodian. La primera, en la cabecera de la Ciudad Vieja, es de estilo gótico y regala una vista espléndida. Hasta 30 estatuas, talladas con cincel barroco, flanquean este puente inaugurado en 1503. La piedra fundacional la puso el rey Carlos IV el día 9, del mes 7 a las 5 horas y 31 minutos, del año 1357, una cifra mágica formada por los números impares del uno al nueve y viceversa. Abajo, el Moldava fluye camino del río Elba, que empujará sus aguas a través de Alemania hasta el lejano mar del Norte.

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