Camino al fin del mundo

Luego de un largo viaje en ómnibus que muestra los cambios de paisajes en la Patagonia, cruzamos en balsa el Estrecho de Magallanes. Después, un poco más de colectivo, y al fin, ¡llegamos a Ushuaia!

La gente del lugar se refiere a “el norte” para hablar del resto del país, inclusive la Patagonia es “el norte” para los fueguinos porque hacia el sur sólo queda… ¡la Antártida!.

Ushuaia significa “bahía que mira hacia el poniente” en lengua yámana. Los europeos y norteamericanos la llaman “El fin del mundo”. Caminando por las calles de Ushuaia, subiendo y bajando, lloviznaba con viento. “Si no les gusta este clima…sólo esperen un minuto”, nos dijo sonriente un joven que pasaba. Al instante, ¡brillaba el sol! No era un hechicero, es que el clima en Ushuaia es así…llueve, brilla el sol, se forman hasta dos arcoiris simultáneos, sopla el viento, se nubla, y esa noche nevó como en pleno invierno ¡las cuatro estaciones en un día! En verano los días son larguísimos: oscurece alrededor de las 22.30 o 23 horas, y en invierno tienen hasta dieciocho horas de oscuridad.

Imperdible una navegación por el canal de Beagle. La nave turística que nos llevó a la Isla de los Pájaros y a la Isla de los Lobos se acercó con los motores silenciados hasta casi rozar las rocas con el casco. Solamente se oía el zumbido de las cámaras fotográficas disparando y el murmullo del agua, y algún comentario en voz muy baja, que se mezclaba con los sonidos de los animales.

El furor por tomar las mejores imágenes poco a poco disminuyó; es que todos a bordo queríamos ver la naturaleza con nuestros propios ojos, no a través de una cámara… Enormes lobos marinos aparentemente torpes sobre la roca, pero cuando se zambullían, desaparecía toda su “torpeza”. El agua cristalina dejaba que los viésemos: eran como torpedos, veloces, ágiles, gráciles… En otras rocas había una aves que, al principio, cuando los vimos en el agua, confundimos con pingüinos: eran cormoranes. Se lanzaban al agua para comer y, al salir, desplegaban sus alitas para secarse.

A solo 25 km de Ushuaia se encuentra uno de los tantos centros turísticos invernales llamado Las Cotorras, donde cominos cordero al asador acompañado de un vino argentino, un rico helado como postre y nadie quiso dejar de probar el llamado “café de la montaña” o “café del mono” que se prepara con coñac, whisky, ginebra, crema de cacao, una pizca de canela, y caña quemada, ¡tiene un sabor exquisito!

Con tanta belleza cuesta imaginar a Ushuaia como una colonia penal, pero así lo había proyectado el gobierno argentino alrededor del 1900. Ahora las celdas están vacías. Las puertas son pesadas y tienen una pequeña mirilla enrejada. En la pared, la foto en blanco y negro de un penado, con su traje a rayas. Es inevitable un escalofrío en memoria de los que pasaron sus días y sus noches allí; guardias y convictos por igual. Hoy el lugar es el Museo del Presidio, muy interesante para visitar y escuchar las increíbles historias que relata el guía sobre los “personajes” allí alojados.

También anduvimos en un tren a vapor, que a través de bosques y turbales, recorre el mismo trazado que hacía el trencito del penal de Ushuaia, que abastecía de leña al pueblo.

Después de disfrutar intensamente tres días en Ushuaia partimos hacia El Calafate, un lugar pintoresco emplazado a orillas del Lago Argentino, a 319 km. de Río Gallegos, capital de la provincia de Santa Cruz. Es característica su edificación realizada en su mayoría con techos a dos aguas, constituido además por barrios de similares construcciones. Hacen más bello el lugar el verde colorido de su vegetación, compuesta por flores de distinto tipo, entre las que se destacan los rosales, además de la cantidad de árboles y pinos que adornan el centro.

A la mañana muy temprano luego del descanso nocturno partimos rumbo al glaciar Perito Moreno, a unos 80 km de El Calafate. En el trayecto la guía nos iba relatando detalles de la flora, la fauna y el clima del lugar. Después escuchamos una melodía de Mozart, todo fue silencio, hasta que allá adelante aparecía imponente el gigante blanco, el glaciar Perito Moreno.

Una exclamación de sorpresa en todo el bus, lágrimas de emoción comenzaron a correr por mis mejillas, otros apenas las contenían, alguien se levantó de su asiento y comenzó a rezar agradeciendo a Dios por permitirle conocer tanta belleza, tanta imponencia, tanta maravilla? Es imposible describir con palabras, ver en fotos o en videos lo que teníamos delante. No existe ningún adjetivo que pueda describir lo que veíamos y lo que sentíamos en ese momento?

Las mejores imágenes
Durante varias horas recorrimos las pasarelas, en pequeños grupos, en parejas o solos, ubicados en algún rinconcito de ese espléndido lugar, con mucha gente que hablaba en todos los idiomas. Tomamos cientos de fotografías. Nada podía ser más bello, ningún lugar en el planeta podía ser tan admirado.

El Perito Moreno tiene una longitud de 30 km, su superficie es de 195 kilómetros cuadrados, un ancho de 4 km y su altura varía entre los 30 y 60 metros.

Al día siguiente hicimos la excursión “Todo Glaciares” embarcando desde el puerto Punta Bandera, situado a 50 km de El Calafate, navegamos por el brazo norte del Lago Argentino, avistando el glaciar Upsala que es el más ancho y mide entre 5 y 7 km, las barreras de témpanos que se desprenden tomando distintas formas y varían su colorido en las tonalidades del azul. Seguimos el recorrido y nos encontramos con la bahía Onelli y el glaciar Spegazzini, que es el más alto y mide entre 80 y 135 metros. ¡Imperdible!

A no olvidar cuando se visita El Calafate de probar el fruto que lleva el mismo nombre. Es una planta, quizás una de las más conocidas por sus frutos color azul violáceo y por su leyenda que dice: “Aquel que coma calafate vuelve a la isla”. Su flor representa a la provincia, crece cerca del mar y en los bosques, tiene un tallo con dos a siete flores de color blanca con estrías púrpuras. Por las dudas, teniendo en cuenta la leyenda, probé calafate en todas sus formas, como simple fruta, helado, dulce y licor? ¡una delicia!

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