Excursión a los secretos pampeanos

Santa Rosa, Parque Luro y los pueblos de Toay y Victorica en un recorrido por la provincia de la inmensa llanura.

Como si se tratase de una bella mujer, se vuelve difícil entender cuál es el embrujo de La Pampa. Quizá su juventud: no fue reconocida como provincia hasta 1951. Quizá, su rara etimología cultural, moldeada por etnias aborígenes, por la implacable Conquista del Desierto que encabezó el general Julio Argentino Roca y por el carácter firme de los colonizadores europeos, que adoptaron la tradición gauchesca y transformaron la llanura en valle de sueños.
Misteriosa, no se deja ver. Se muestra, en algunos rincones, próspera y organizada. En otros, salvaje como el puma que se esconde en los montes.

Sofisticada y campera

Santa Rosa, la capital provincial, es a la vez sofisticada y campera, como tantas ciudades del interior. En ella conviven el estilo clásico del Teatro Español, levantado a principios del siglo XX, con el modernismo del Centro Cívico, donde se destacan las intervenciones del reconocido arquitecto Clorindo Testa.
En el quehacer cotidiano, la 4×4 del chacarero se mezcla con los coches de los empleados públicos y comerciantes. Por allá atrás, hace su entrada la vieja y querida chata, medio desvencijada, pero que todavía tiene cuerda para un rato más. Además, su entrecano conductor seguramente no la cambiaría por nada.
Mientras tanto, en una heladería, dos hombres rubios como el trigo, con camisa blanca y riguroso jardinero azul, disfrutan del caos controlado de la ciudad. Saborean ese helado que nunca llegará al lugar donde viven: la colonia menonita cercana a Guatraché, que puede visitarse con guía y está a unos 170 kilómetros de la capital pampeana, yendo por la ruta provincial 1. Allí, los moradores de origen germánico y rígidas tradiciones cristianas, mantienen las costumbres rurales decimonónicas. Austeros y fieles al trabajo sacrificado, cultivan el campo, elaboran quesos artesanales y producen muebles en madera de reconocida calidad. Nada de Internet, nada de televisión, nada de 4×4…

Por su capacidad hotelera e infraestructura gastronómica, Santa Rosa bien puede ser tomada como eje de operaciones, para desde allí partir cada mañana a los distintos rincones de la provincia. Es que La Pampa tiene un claroscuro: del lado luminoso, vale decir que despierta el espíritu aventurero, porque muchos de sus atractivos aún no fueron descubiertos por las grandes corrientes turísticas que surcan los caminos en otras latitudes. Del lado apagado, es justo señalar que no abundan las agencias de turismo receptivo, ni los paquetes organizados para varios días, por lo que tiene sus vueltas tratar de armarse circuitos preestablecidos.

En el Parque Luro

La Reserva Natural Parque Luro, a 35 kilómetros de la capital provincial, se transforma en la primera experiencia de sabor intenso. Las 1.600 hectáreas abiertas a la exploración están pobladas por unos 2.500 ejemplares de ciervos colorados que, entre marzo y abril, protagonizan el espectáculo de la brama (ver Imperdibles). Además, el Parque Luro, de 7.600 hectáreas en total, es la mayor reserva de caldenes del mundo, el árbol típico de La Pampa, reconocido por la extraordinaria dureza de su madera. Allí se combina el paisaje boscoso con una imponente laguna y áreas de médanos, y cohabitan, en armonía matemática, 160 especies de aves (carancho, halcón rojo, benteveo, flamenco, jote, loro barranquero, etcétera) con zorros grises, zorrinos, chanchos jabalíes y algunos pumas que, para alivio de los excursionistas, suelen esconderse en la espesura del monte y no se acercan a los visitantes.
Por otra parte, esta Reserva Natural ofrece la posibilidad de visitar el Museo El Castillo, una mansión estilo Luis XVI, con detalles de lujo, que perteneció a Pedro Olegario Luro, un médico nacido en Buenos Aires que en los primeros años del siglo pasado organizó allí el primer coto de caza del país, denominado estancia San Huberto, para el cual trajo ejemplares animales de Europa, entre ellos los ciervos colorados. Con los años, en 1936, las tierras y el castillo pasaron a manos del noble español Antonio Maura y Gamazo, fundador del Tortugas Country Club. Entre 1965 y 1973, la hija del emprendedor ya fallecido, Inés Maura de Roviralta completó la venta del actual predio al estado provincial para que se concrete la voluntad de su padre: que esas tierras se conviertan en el Parque Nacional Los Caldenes, que con el tiempo llevará el nombre de su primer propietario y mentor.

Por los pueblos

La localidad de Toay, a menos de 10 kilómetros de Santa Rosa y que supo soñar con ser capital del territorio hace unos cien años, ofrece atractivos que deben coordinarse con antelación, como cabalgatas por los bosques de caldenes y visitas a diferentes estancias. Las calles del casco urbano y sus casonas proponen un viaje en el tiempo a los pueblos rurales de los años 20. La Biblioteca Popular funciona en lo que fue un almacén de ramos generales que conserva intactos muebles de aquella época. La reconocida escritora y poetisa Olga Orozco, que recibió el premio a las letras Juan Rulfo en 1998 –un año antes de morir– es la cara de su Toay natal. La vivienda de su infancia se transformó en la Casa Museo que hoy conserva su biblioteca de 4.500 volúmenes, con ejemplares firmados por autores de la talla de Octavio Paz y Victoria Ocampo.
Victorica, 150 kilómetros al norte de Santa Rosa y a 30 de San Luis, combina el orgullo de haber sido el primer pueblo de La Pampa, fundado como una avanzada militar en 1882 por el coronel Ernesto Rodríguez, con el de haber albergado en sus tierras a indios ranqueles, cuyos descendientes, con el renacer de las culturas autóctonas tras décadas de sometimiento, mantienen vivas tradiciones milenarias como las “rogatorias”, rituales para pedir auspicio a los dioses.

A 25 kilómetros de esta localidad, sobre la ruta provincial 105, se encuentra el Parque Indígena Leuvucó. Se trata de un territorio en el que alguna vez vivieron 6.000 ranqueles y donde descansan los restos del último cacique de la zona, Mariano Rosas, que había sido educado y protegido por el caudillo bonaerense Juan Manuel de Rosas. Es en la zona de lago Leuvucó, precisamente, donde hacia 1869 el coronel Lucio V. Mansilla realizó por iniciativa propia un acercamiento a la vida de las comunidades aborígenes, que luego plasmó en el famoso escrito “Excursión a los indios ranqueles”, donde aquel hombre de sangre europea parece dudar acerca de la presupuesta brutalidad de aquellos aborígenes que desmayaban a las vacas de un golpe para que no sufrieran al ser degolladas.
De regreso a Santa Rosa, la noche capitalina abunda en ofertas de ocio y entretenimiento. La más imponente, probablemente, sea la del Casino Club, un gigante que parece haber sido trasplantado (sin anestesia) desde Las Vegas: tiene 5.000 metros cuadrados, 20 mesas de ruleta, 6 de black jack y 328 máquinas tragamonedas. Además, todas las semanas presenta espectáculos musicales.
Después de haber recorrido algunos kilómetros, la puerta queda definitivamente abierta. Empieza a comprenderse el misterio pampeano.

Fuente Diario Clarin

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